Las tentaciones en el poder supremo han sido y siguen siendo piedra de escándalo en todos los tiempos. Es un patrón de conducta de quien llega al poder y no ha tenido una buena educación moral, cultural y económica, se incorporará, sin lugar a duda, a una lista de corruptos que, obedeciendo a las masas ignorantes, o satisfaciendo a quien financió su campaña presidencial comete los más atroces y denigrantes errores políticos.
Las consecuencias, como en toda mala decisión política, ha terminado en vergüenza y señalamiento de la sociedad que juzga y condena sin pudor, ni compasión.
En estos quince años de historia de El Salvador, hicieron de la política una industria productiva y del patriotismo una farsa para divertimiento de una turba de mentecatos.
Ninguno de los gobernantes se destacó por su honestidad, ninguno cumplió con el alto honor del que fue investido, ninguno tuvo la férrea convicción de que las leyes debían ser aplicadas a todos los niveles, de que la Constitución debía ser respetada en todas sus partes, de que el Derecho debía ser utilizado en favor del pueblo y las penas aplicadas solo al verdadero culpable. Ninguno de ellos respetó la Constitución.