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Capítulo 1

DAISY

 

 

         La nueva escuela había sido acondicionada en el parque del humedal de Isimangaliso. Estaba ubicada frente a la playa en el Océano Indico a propósito para que los chicos aprendieran biología marina. Linda y Will se quedaron hospedados por dos días por invitación de la directora para que descansaran del largo viaje.  

         Hortensia les dio un recorrido por la escuela y les comentaba que los estudios hechos por ambientalistas habían determinado que el arrecife de coral estaba en peligro de extinción por la mano del hombre, entre contaminantes que daban al mar, los sedimentos de ríos que desembocan en el mar, turistas que arrancaban un pedazo de coral como suvenires y las temperaturas que habían subido unos grados en los últimos años. Todos esos factores en conjunto habían matado gran parte de la biodiversidad marina. Linda se mostró interesada, ya que era una de las ramas que tenía proyectado seguir estudiando para cuando terminara el trabajo en el Congo.

         —En este año, los chicos van a aprender a respetar el mar y sus especies, ya que el recurso marino, si bien es cierto que mucha gente vive de la pesca, éste debe ser explotado con moderación. —Les comentó muy seria.

         —Es una de las ramas de la biología que está menos explorada y avanzada que las demás. Es intrigante saber que más podría aportar a la humanidad estas grandes masas de agua. —Comentó Linda— Aunque con la contaminación con plástico y derrames de químicos no se sabe a ciencia cierta que daños están ocasionando a los océanos.

         —Bueno, se sabe que las algas aportan al ambiente un buen porcentaje de oxígeno, pero si se continúa con la contaminación como las islas de basura que tapan la entrada de los rayos del sol hacia el fondo marino donde se encuentran las algas, quien sabe cómo nos irá después. —Dijo Hortensia con preocupación—. Los pescadores en varias partes del mundo no respetan el ecosistema marino, y explotan los arrecifes a su antojo. En nuestro caso, esta mala práctica ha hecho que el arrecife y todas las especies que viven en él se encuentre en peligro de extinción como el camarón mantis.

         —Eso está muy mal. —Comentó Will.

         —Pero no todo está perdido, hay iniciativas y trabajamos con los grupos ambientalistas, y ahora con los chicos aportaremos otro granito de arena. —Dijo sonriente y con esperanza.

         La comunidad de estudiantes se iba reuniendo en la cafetería que eran mesas dispuestas debajo de manglares, cocoteros y árboles de gruesa base. Gumbo y Bambú Li no estaban todavía en la escuela.

         Después del recorrido, Linda y Will se despidieron de los chicos haciéndolos prometer que se comunicarían con ellos con más frecuencia que el año anterior. Los padres no podían hacer contacto con ellos, por el peligro que corrían, así que los chicos tenían que hacerlo desde la escuela hacia sus padres. En el caso de emergencias, los papás tenían un número al que dejaban mensaje y luego correspondían el llamado.

         La primera clase fue nuevamente moral y ética. La señorita Azucena tenía un semblante radiante cuando comenzó su lección.

         —¿Alguien me puede decir qué es el amor? —Preguntó pestañeando.

         —Rosa —contestó de inmediato Oliver, dándole una mirada tan apasionada que a ninguno le quedaba dudas de su amor por ella. Todos hicieron gestos y sonidos de entusiasmo.

         —Cállate Oliver —le dijo Rosa entre dientes y sonrojándose, deseando que la silla la tragara.

         —Bien Oliver, describe ¿qué es el amor? —Le dijo Azucena.

         —Es un sentimiento que vibra dentro de mi corazón, siento papalotes en mi pecho cuando me besa y produce sensaciones de felicidad cuando estoy con… —no terminó porque la profesora consideró que sus intimidades no iban acordes con el tema en cuestión y lo interrumpió.

         —Es un sentimiento —dijo la señorita Azucena— es algo que no lo vemos, pero lo sentimos. Así como el gran Arquitecto del universo nos amó desde que concibió la idea de formar un hermoso espacio decorado con árboles y flores y crear al hombre y la mujer para disfrutarlo. Todo partió del amor y por consiguiente la idea se transformó en algo sólido, puro y perfecto. Así como por amor nacen los niños. Por eso la naturaleza es perfecta. —Dijo con un gran suspiro y prosiguió—: ¿Qué otros sentimientos se derivan del amor?

         —Respeto —Contestó Agapanto.

         —Lealtad. —Dijo Violeteira.

         —Compromiso. —Contestó Iris.

         —Hacer el bien. —Contestó Nardo.

         —Caridad. —Dijo Baobab.

         —Bondad. —Dijo Tulipán.

         —Todo lo bueno que el ser humano puede producir, se deriva y es empujado por el amor que sentimos hacia otro ser humano, como el caso de Oliver —dijo guiñándole un ojo—, hacia la naturaleza y la humanidad en general.

         —Veo cambiada a la señorita Azucena. —Observó Iris en susurro.

         —Me contaron que anda de novia con Ficus. —Dijo Queeny. Las chicas sonrieron.

         —Eso explica el decorado de corazones en su escritorio. —Observó Rosa.

         Siguieron discutiendo el tema y poniendo ejemplos, cuando se anunciaba un banquete de bienvenida en el parque acuático de diversiones. Anunciaban también que se fueran a cambiar con calzonetas.

         —¡Hay otro parque de diversiones! —Exclamaron las chicas con excitación.

         —Y es de agua. —Dijo Cesalpinia a Violeteira. Ellos pasaban jugando en el agua a la orilla del río en el pequeño pueblo donde vivían y era uno de sus más preciados recuerdos, por lo que estaban más entusiasmados con la idea del parque acuático.

         Los chicos se fueron a cambiar a sus habitaciones que eran búngalos con tres camas cada uno, un baño y tres pequeñas mesas para hacer deberes dentro de los manglares. Eran difíciles de ver por la tupida y enredada vegetación de los mangles, y se dividían por intrincados caminos. Todos los muebles eran de mangle bellamente decorados. Una de las diseñadoras de los dormitorios era la señorita Azucena junto con los gemelos Patel en la parte tecnológica, ya que contaban con energía nuclear para toda la parte eléctrica de una forma eficiente y en armonía con la naturaleza.

         Cuando se reunieron todos en el parque se les acercaron las chicas trillizas a Nardo y Narciso.

         —Queremos… —comenzó diciendo Margarita.

         —Darles… —continuó Dalia.

         —Las gracias. —concluyó la oración Begonia.

         Las chicas los abrazaron. Nardo y Narciso estaban incómodos porque Orquídea, que en esos momentos llegaba, se hizo la disimulada y fue a la mesa de Rosa. Queeny, que vio a Nardo abrazado por las chicas, se fue disimulada también, a sentarse donde estaba Agapanto. Una de las trillizas fue a traer a Orquídea para darle las gracias, y luego a Rosa que estaba con Oliver.

         —Gracias… —comenzó Margarita.

         —Rosa y Orqui… —continuó Dalia.

         —Por todo. —concluyó Begonia.

         Oliver que no podía quedarse callado, las fue abrazando de una en una diciendo:

         —Es un… —y abrazó a Margarita— placer…—y abrazó a Dalia— conocerlas. —Y abrazó a Begonia— ¿Siempre hablan en tres partes? —les preguntó.

         Las chicas se pusieron a reír. Rosa codeó a Oliver por la ocurrencia, y se quedaron platicando del infortunado evento y el feliz desenlace. Luego se fueron a deslizar en los toboganes, surfear en las olas con tablas, en fin, no paraban de juego en juego.

         Rosa y los gemelos estaban deslizándose en el tobogán de agua, cuando al final de la cuesta, estaban los trillizos mejicanos esperándolos para darles las gracias también.

         —¡Órale! gracias por habernos rescatado. —Dijo Nacascolo con el típico acento mejicano.

         —Sí, esos pinches drogadictos nos tenían bien mensos con la droga. —Les comentó Cuajinicuil.

         —Sí, por este güey, nos atraparon. —Dijo Cuajinicuil señalando a Nacascolo.

         —¿Y eso por qué? —preguntó Oliver que en esos momentos se incorporaba al grupo seguido de los demás amigos.

         —Este güey —dijo señalando a Nacascolo nuevamente—, estaba haciendo crecer un cactus para hacer la broma de puyar a un menso que no se apartaba del lugar donde estaba la vista a las rocas en forma de catedral, y no nos dejaba verlas, porque era alto y gordo. Alguien vio lo que hizo, y luego nos emboscaron detrás de unas rocas que parecen catedrales y nos metieron un jeringazo a cada uno, en un abrir y cerrar de ojos. Lo demás que recordamos es que estábamos en una plantación de marihuana, haciendo crecer la pinche planta. —Contó Cuajinicuil.

         —¿Y cómo es que tú sabes todo eso si te inyectaron la droga? —Le preguntó Oliver.

         —Es que a mí no me pegaba tanto la droga como a estos dos güeyes —comentó Cuajinicuil— porque me recuerdo haber visto a mis hermanos bien pedos y ellos no se acuerdan de nada. Antes de que ustedes llegaran yo había fingido que estaba menso por la droga, para que no me inyectaran más, y así poder salir de ahí y buscar a mis hermanos, pero cometí el error de insultar a un güey antes de mandarle un cactus para pincharlo. Estaba muy nervioso y por detrás ya tenía a otro matón agarrándome las manos y haciéndome daño. Ya no pude hacer nada hasta que ustedes llegaron en el preciso momento en que me iban a puyar para meterme la droga. De corazón les agradecemos. —Les dijo tocándose el corazón.

         —¿Y ustedes de dónde son? —Les preguntó Oliver.

         —Somos de la mera Sierra Madre de Chihuahua, México. —Dijo Nacascolo con orgullo.

         —¿Y cómo es que aparecieron en esta escuela? —Preguntó Iris.

         —Fue porque las otras escuelas ya tenían el número de chicos completo. —Respondió Cuajinicuil.

         —O sea, que vienen a parar a esta escuela todos los sobrantes. —Dijo Chilacayote tirándose una sonora carcajada.

         Todos se pusieron a reír de la forma folklórica de hablar de los mejicanos. Oliver los adoptó como sus seguidores cuando tenían recreos o eventos de la escuela, y los incorporaba al grupo para que contaran historias de su pueblo. Disfrutaban de esos momentos, haciendo reír a los chicos, porque tenían unas risas tan contagiosas que a todos agradaba.

         Durante sus vacaciones, los trillizos habían llegado con sus padres a visitar a un pariente que vivía en Colorado y habían salido a explorar la ciudad de Denver y conocer sus vecindarios y lugares turísticos. Llevaban un par de meses viviendo en el lugar con el pariente, cuando sucedió la tragedia. Sus padres se volvieron locos buscándolos. Dieron parte a las autoridades y la búsqueda continuaba sin mucho éxito, hasta que los gemelos y Rosa los encontraron.

         Platicando amenamente sobre sus vidas estaban cuando Rosa los interrumpió.

         —Algo ha pasado. —Comentó Rosa cuando estaban reunidos para almorzar.

         —¿Por qué? —Preguntaron las chicas.

         —Flora está en la escuela. —Dijo con intriga cuando la vio pasar.

         Flora había llegado a la escuela y estaba platicando con Hortensia, la directora, para un asunto urgente.

         Después del almuerzo, la directora llamó a Violeteira, Cesalpinia, Nardo y Narciso. Uno de los alumnos que faltaba y de cuyo paradero no sabían nada había aparecido.

              En el Amazonas había ocurrido algo inusual que hizo a las autoridades mandar un equipo de investigación, pero se devolvieron sin tener explicaciones.

En el corazón del Amazonas había crecido una barrera de árboles que se habían fusionado entre ellos formando una fortaleza impenetrable en un terraplén de una montaña rocosa. La investigación había hecho que varios grupos de científicos fueran al lugar para tomar fotografías y tomar muestras, pero todos habían sido repelidos por la barrera de juazeiros que no permitían ser escalados, cortados o apartados para investigar que había del otro lado, o que era lo que estaban ocultando.

         —Tenemos algo que discutir con ustedes. —Dijo la directora en tono grave.

         —Tenemos informes que una de las chicas que falta vive en el corazón del Amazonas. —Comenzó diciendo Hortensia.

         —El asunto se ha complicado porque la chica fue abandonada en la selva por su padre, y se ha criado a la buena de Dios. Ella tenía seis años cuando la dieron por desaparecida. —Dijo Flora.

         —Nuestros informes nos decían que la niña no estaba muerta, porque Flora la visitó en varias ocasiones, pero nunca pudimos conseguir los permisos para buscarla y luego hubo una tragedia en la tribu donde ella vivía y no supimos más. Ahora que sabemos por ciertos fenómenos que ha pasado en la zona y que solo puede ser hecho por alguien especial, nos hace pensar que es la niña extraviada la que vive ahí. —Les contó la directora. Los chicos se sorprendieron.

         —Lo más difícil ha sido hacer contacto con ella, porque no deja entrar a nadie, ni a mí. —Dijo Flora con marcada frustración—. Logramos dar con el padre de la niña quien nos dijo que la abandonó para protegerla. Él está pagando una condena por haber dejado perder a la niña.

         —¿Para protegerla o hacerla desaparecer? —Preguntó Cesalpinia.

          —No juzgues tan a la ligera, después de oír la explicación, tiene sentido desde su punto de vista, y no tiene sentido desde el punto de vista moral. Él es una persona de origen muy humilde. Me comentaba que la niña comenzó a demostrar el don de la naturaleza desde los tres años, haciendo que las plantas que los rodeaban crecieran, se movieran, se trasladaran, la levantaran, la transportaran, en fin, que él no sabía, en aquel momento, de qué padecía la niña. Ellos tenían que moverse de casa seguido porque los vecinos le ponían quejas de la niña, diciéndole que estaba loca o poseída de algún demonio. La ignorancia hace al ser humano creer en supercherías. Lo cierto es que no pudiendo educarla como normalmente se educa a un hijo, optó por abandonarla en la selva donde estaría mejor protegida de las miradas curiosas y de otras personas de baja reputación. La niña tenía entonces seis años. —Explicó Flora.

         —Ella tiene que entender que existen otros chicos con el don de la naturaleza igual que ella. Es por eso de que necesitamos de ustedes. —Dijo la directora viéndolos con sonrisa.

         —¿Qué podemos hacer? —Preguntó Nardo extrañado, porque si Flora no pudo hacer contacto con ella, como iban a lograrlo cuatro chicos inexpertos.

         —Solo que logren romper la barrera que ha creado entre la realidad y su fantasía. —Dijo la directora— Ella habla portugués, por eso necesitamos a Violeteira y Cesalpinia. Y ustedes dos serán los refuerzos en la selva, ya que poseen más experiencia en conducirse por la selva que el resto del grupo. incluso que los chicos americanos, porque preguntamos si ellos podrían rescatarla y dijeron que no se sentían calificados. —Les comentó la directora.

         Los chicos asintieron. Ese mismo día, la directora se puso en contacto con Linda y el papá de los gemelos del Brasil para informarles de la misión de los chicos. Flora los iba a acompañar después de resolver otros asuntos que tenía pendiente.

         Así lo hicieron, y a la semana los cuatro chicos más Will y Linda estaban navegando por el río Amazonas para entrar en la selva sin presentar sospechas. Se quedarían en una cabaña en las afueras de Manaos, y que según las coordenadas de los hermanos Patel, estaba a diez días de camino a pie hacia el lugar donde se encontraba la chica. La cabaña la habían rentado por veinte días, considerando que eso les tomaría llegar, convencerla de que se integre a la escuela y regresar. Will y Linda los esperarían ahí para regresarse todos junto con la chica.

         La selva era lo que esperaban. Espesa, impenetrable, compleja, peligrosa, pero ciertamente hermosa. Apuntaron en sus pulseras la ubicación del lugar para el regreso. Confiando en su buen juicio para finalizar con éxito la misión, los cuatro chicos se despedían de Will y Linda.

         —Bueno, comencemos, yo digo que vayamos por aire para llegar más pronto. —Dijo Nardo cargando al hombro su mochila.

         Todos aceptaron y comenzaron a balancearse y transportarse por las lianas entre árbol y árbol, hasta llegar a un claro para volver a chequear la ubicación. En el camino Cesalpinia y Violeteira les mostraban las especies animales que había en la salva. Ellos estaban fascinados de volver a sus recuerdos de su niñez cuando entraban en la selva y se divertían con las plantas.

         —¡Miren las guaras! —Señaló Violeteira a un grupo de aves con un hermoso plumaje azul con toques en rojo y amarillo.

         —Solo las había visto en la computadora. —Dijo Nardo—. Guau, son grandes y qué colores más vibrantes.

         Llegaron a una poza de agua, no tan profunda porque podían ver los peces color azul con panza roja que nadaban alegres por todo el ojo de agua. La poza era alimentada por una pequeña cascada. El lugar parecía un paraíso virginal, porque no había sido tocado por la mano del hombre.

         —No toquen el agua. —Les advirtió Cesalpinia, porque Nardo iba a refrescarse un poco.

         —¿Por qué? —Preguntó Narciso.

         —Tiene pirañas. —Dijo Cesalpinia.

         En efecto, los pececillos que habían visto eran en realidad pirañas feroces cuando tenían hambre.

         Narciso optó por echarse agua en la cabeza de su cantimplora.

         —Escalemos el risco, creo que podemos seguir ese río hasta el lugar donde se encuentra la chica, porque según lo que marca la brújula de la pulsera es hacia el noroeste, justo arriba de esta cascada. —Dijo Nardo.

         Violeteira comenzó a escalar la piedra seguida de los tres chicos, cuando un rugido los sacó de concentración y entraron en pánico.

         —¡Sigan subiendo! —Les gritó Narciso que iba por último—. Hay un leopardo siguiéndonos. —dijo afligido. Cesalpinia volteó a ver.

         —Es un jaguar. —Le corrigió.

         —Eso no importa, está hambriento. —Dijo Nardo subiendo a prisa.

         Un jaguar los había rastreado y estaba comenzando a subir la roca también para darles alcance con la esperanza de que fueran su comida del día.

              Violeteira aligeró la escalada y llegó a la cima, donde había espesa vegetación, ayudó a su hermano y a Nardo, quien esperaba por Narciso, pero este estaba tratando de espantar al jaguar tirándole piedras, y en una de esas se zafó de la piedra donde estaba agarrado. Nardo, sin perder tiempo, se tiró de la cima con una liana para rescatar a su hermano que iba a caer en las garras del animal, y al que se le habían sumado otros tres. Lo cachó antes de que llegara al suelo y fuera atrapado por el jaguar. La manada comenzó a correr por otro camino hacia la cima.

         —Eso estuvo cerca, bro. —Dijo Narciso con el corazón descontrolado.

         Se hacía de noche y decidieron acampar en la copa de un frondoso angelim rojo, de los más altos que había en el lugar, y estilizado en sus retorcidas raíces que parecían serpentines gigantes. Arriba, evitarían a los depredadores.

         —¡Guau, qué alto es este árbol! —Exclamó Nardo. El árbol los acogió en sus ramas y los envolvió para que no sufrieran por los mosquitos y el frío húmedo que de pronto se comenzó a sentir.

         A la mañana siguiente, los despertó una expedición compuesta por hombres armados y otros que cargaban equipos y unas cajas color negro. Los chicos se quedaron callados observando como avanzaban abriéndose paso con machetes para poder penetrar en la selva.

         —Espero que no lleven nuestra misma ruta. —Dijo Nardo.

         —La caja negra me parece familiar. —Observó Cesalpinia.

         —Yo creo que andan buscando a la chica como nosotros. —Concluyó Violeteira.

         —Miren los leopardos. —Dijo Nardo señalando la manada que habían dejado atrás.

         —Son jaguares, —le volvió a corregir Cesalpinia y Violeteira al mismo tiempo.

         —Ok, en el Congo los conocimos como leopardos. —Dijo Nardo.

         —Bueno, no importa son de la misma familia de felinos, —dijo Narciso con cierto estrés porque no sabía cómo se iban a bajar del árbol para continuar con su misión.

         —Calma bro, tengo una idea. —Le dijo Nardo con tranquilidad, porque sabía que su hermano se había puesto nervioso—. Miren allá, esos son los árboles que caminan. —Dijo señalando unas palmeras cuyas raíces estaban en el aire y solo las puntas se veían metidas en la tierra.

         —La socratea exorrhiza. —Dijo Narciso admirado.

         —La misma. —Dijo riéndose Nardo porque el nombre científico nunca se le quedaba en su memoria.

         Con una liana llegaron hasta los pequeños árboles. Cada uno se posicionó en la copa y se agarraron de las palmas y a sus órdenes comenzaron a caminar, sacando una raíz de la tierra y enterrándola en el tramo siguiente avanzando diez metros a la vez. Los jaguares se asustaron y corrieron en otra dirección. No los molestaron más durante la travesía. Llegaron a un claro y los árboles se sintieron bien de recibir la luz del sol y se detuvieron.

         —Hey ¿por qué se detuvieron? —Pregunto Cesalpinia.

         —Ellos se mueven solo para recibir la luz del sol, cuando el follaje de los demás árboles les tapa la luz. —Les explicó Narciso.

         Si continuaban iban a entrar en la espesa selva donde apenas se veían los rayos del sol penetrar entre el follaje. Fue por eso de que los árboles decidieron quedarse donde se sintieron a gusto.

         Continuaron avanzando, por ratos por aire, por ratos por tierra. Se aproximaban a otra fuente de agua, cuando fueron sorprendidos por una anaconda que viajaba en busca de una presa.

         Violeteira lanzó un grito. Todos voltearon a ver el reptil, que al grito paró su camino para voltear a ver y sacar su lengua para censar la presencia de algo que pudiera interesarle. Cesalpinia tomó a su hermana que se había quedado petrificada viendo al reptil.

         —¡Corran! —Gritó Cesalpinia.

         Los cuatro chicos subieron por las lianas nuevamente para huir del lugar.

         —Lo siento, me salió por sorpresa. No pude evitar gritar. —Dijo Violeteira.

         —Hey, no te preocupes, cualquiera se asusta con esa culebra, si era enorme. —Dijo Narciso impresionado.

         —Silencio, oí algo. —Dijo Nardo en el momento en que les hacía señas de que se escondieran entre el follaje de un árbol de hule.

         Al grito de Violeteira los hombres se pusieron alertas también y buscaron en el lugar donde habían estado los chicos. Alguien gritó al ver la culebra y se oyeron disparos.

         —Ya saben que hay alguien más en la selva. —Concluyó Narciso.

         —Fue mi culpa, —dijo en susurro Violeteira— no debí ser tan escandalosa.

         —No te culpes, yo me asusté también, esa culebra era gigantesca. —Dijo Nardo—. Tratemos de alejarnos lo más que podamos de esos hombres.

         —Era una anaconda. Esta es la segunda vez que nos asusta. —Dijo Cesalpinia auxiliando a su hermana con agua—. La primera vez teníamos siete años cuando apareció en el pueblo justo frente a nosotros. Mi papá le dio con un machete en el justo momento en que su cola nos iba a agarrar.

         —Dios mío, eso debió ser aterrorizante. —Exclamó Nardo de solo imaginárselo.

         Ya repuestos del susto, los chicos comenzaron a volar por las lianas otra vez alejándose de los matones, pero procurando no cambiar mucho la ruta que llevaban.

         Era el día cuatro de su expedición y estaban al pie de la montaña donde supuestamente habitaba la chica. La montaña tenía tres terrazas, al parecer la chica vivía en la terraza del centro, donde se veía una fortaleza formada por la corteza de árboles que se habían fusionado unos con otros para proteger el lugar y un espeso follaje cubría toda la terraza.

         —¿Y cómo vamos a penetrar esa fortaleza? —Preguntó Violeteira al ver los impresionantes árboles que se habían unido entre sí formando una pared tan tupida, que ni un agujero se podía ver por donde pudieran colarse. Su follaje estaba tapando todo el contorno del lugar. Los árboles habían escalado el risco, sin dejar tampoco, un espacio para poder escalarlo.

         —Flora dijo que ella posee el don tanto para el bien, como para el mal. Por alguna razón puedo sentir esa vibra mala. —Dijo Narciso tocando la tierra.

         —¿Y si intentamos tocarlos para que nos lleven hacia arriba? —Preguntó Cesalpinia; y diciendo esto tocó la raíz de uno de esos árboles gigantes, y de inmediato fue empujado como si una explosión hubiera sucedido frente a él.

         Nardo rápidamente hizo crecer un colchón de monte para que no se golpeara.

         —¿Cesal estás bien? —Preguntó Violeteira yendo a auxiliarlo.

         —Sí, gracias por el colchón, eso fue fuerte. —Dijo levantándose aturdido.

         —Creo que debemos hacer crecer nuestro propio bejuco para subir hasta el tope sin tocar los árboles. —Dijo Nardo viendo hacia arriba. La altura era como la del edificio más grande del mundo y tenía una caída de agua que alimentaba un pequeño río.

         —Por el lado de la caída de agua sería conveniente, porque el agua nos ayudará. —Dijo Narciso analizando el contorno.

         Comenzaron a hacer crecer una madreselva de las más fuertes, con los que las tribus del Amazonas fabrican muebles, balsas entre otras cosas. Los cuatro se habían tomado de las manos para hacerla crecer y subir. El rocío del agua que caía les daba energías para continuar.

         —Nos falta poco. —Dijo Nardo animando al grupo que se veía cansado. Llevaban ya dos horas haciendo crecer el bejuco para subir. Por arriba divisaron un agujero entre el follaje de los árboles.

         —Por ahí — Les señaló Nardo. El bejuco que no paraba de crecer se dobló para llevarlos al agujero, pero el follaje de los árboles les cerró el paso y solo Cesalpinia, quien iba en la punta, se soltó y cayó dentro de la fortaleza en una poza de agua. Su hermana lo siguió, pero fue agarrada por una rama. Violeteira gritaba porque la rama la tenía fuertemente atrapada.

         Estimulado por el agua del manantial, Cesalpinia tocó el suelo para hacer crecer un árbol y llegar hasta su hermana; pero en ese momento vio una figura que aparecía deslumbrante frente a él y le impedía que hiciera crecer el árbol. Cesalpinia estaba con la boca abierta. La chica era de una rara belleza, blanca impecable, cabello rubio casi blanco largo y ondulado, cejas negras y ojos pardos. Vestía una especie de calzoneta de dos piezas hecha con el algodón que sale de la semilla de la ceiba y tal vez confeccionada por ella misma porque la costura se veía un poco burda.

         —Daisy —La llamó Cesalpinia. Ella bajó sus vibras al escuchar que alguien la conocía y el árbol dejó de apretar a su hermana— Daisy, yo soy Cesalpinia, ella es mi hermana Violeteira, tenemos la marca de la naturaleza igual que tú. —Le dijo con tacto mostrándole el antebrazo y viendo el de ella con el lunar en forma de hoja.

         Daisy volteó a ver hacia arriba y aflojó la presión de la rama que tenía a Violeteira sujeta, cual si fuese una mano gigante, pero no la soltó.

         —Pruébalo. —Dijo con una voz imperiosa.

         Cesalpinia no se le ocurrió otra cosa que hacer crecer una hermosa orquídea, tal vez inspirado por su belleza.

         —Ves. Deja suelta a mi hermana. Por favor.

         Daisy solo lo observaba.

         —Daisy, escucha, hay gente mala que quiere atraparnos y utilizarnos para hacer cosas…

         —Ya lo han intentado. —Dijo interrumpiéndolo, como diciendo no me impresionas, ni me da miedo.

         —Daisy, tú eres de los nuestros, debes venir con nosotros a la escuela, ahí estarás protegida y aprenderás muchas cosas. —Le dijo Cesalpinia.

         Daisy subía por las ramas que iban creciendo a medida que ella iba subiendo, como una escalera, hasta llegar donde Violeteira.

         —Hola Daisy, yo soy Violeteira, y afuera están dos de nuestros amigos. Venimos a llevarte a la escuela, donde estamos todos los que tenemos este don de la naturaleza. Ahí estarás protegida y te sentirás en familia. —Le dijo para tratar de convencerla.

         —Todos creen que estoy loca. —Dijo bajando nuevamente.

         —No, no lo estás. —Dijeron los gemelos al mismo tiempo.

         —Será mejor que se vayan. —Les dijo haciendo que una rama cogiera a Cesalpinia para tirarlo al otro lado, pero él se esquivó y envió una enredadera a atrapar a Daisy.

         —Escucha Daisy. No nos iremos sin ti. La naturaleza te necesita. —Le dijo autoritario tomándola de los hombros y viéndola fijamente. Su belleza lo debilitó por un momento.

         Ella se lo esquivó y secó la enredadera que la tenía atrapada. Lo hizo con tanta furia que Cesalpinia la soltó. Daisy comenzó a correr.

         —Ah no, venga para acá, señorita rebelde. —Dijo Cesalpinia más determinado a atraparla.

         Afuera, los gemelos estaban luchando por mantenerse en la enredadera, la que se iba secando poco a poco, luego se detenía.

         —¿Qué estará pasando? —Preguntó Nardo casi cayéndose.

         —Creo que ella está en una lucha interna con sus sentimientos. —Dijo Narciso apenas sostenido de una de las guías.

         Nardo, en esos momentos caía al vacío por el lado contrario por el que habían subido, cuando la rama en que estaba sostenido se secó completamente.

         —¡No, Nardo! —Gritó Narciso y comenzó a bajar, pero la planta se secaba y se caía con él. Cayó en un pequeño claro a la par de la cascada. La enredadera se había atascado entre dos árboles que le dieron la oportunidad de saltar sin mayor daño. Pero cuando cayó, fue atrapado de inmediato por los hombres que habían visto en el camino. Lo metieron en una caja negra con un pequeño respiradero. 

         Nardo se reponía de la caía. En el último tramo antes de tocar el suelo, uno de los árboles que mandaba Daisy sacó una rama para cacharlo y depositarlo suavemente en el suelo, a su grito de ayuda.

         —Por aquí cayó el otro. —Dijo uno de los matones.

         Nardo se confundió con la maleza. Cuatro hombres armados pasaron frente a él. Sintió la angustia de su hermano y se fue sigiloso siguiéndolos hacia el campamento donde lo pusieron en custodia de dos matones. Narciso golpeaba fuertemente la caja. Nardo vio que los hombres estaban armados hasta los dientes. Vio a su alrededor si podía utilizar alguna planta en su favor, pero era solo maleza. Apartó unos troncos de un árbol caído y ahí estaban, hongos de todo tipo. ¿Qué le había explicado el profesor de Botánica sobre los hongos? Pensó en que debió poner más atención, en lugar de estar pensando en las chicas. Al ver un hongo con cabeza roja, de inmediato se le vino el hongo que hacía crecer Tulipán, el alucinógeno. Lo hizo crecer para que las esporas fueran respiradas por los matones y esperó. Momentos después, uno de ellos comenzó a cantar.

         —Qué bella es la selva —Dijo el otro matón dejando el arma y abrazando un árbol.

         —Si, se mueve —Dijo el otro viendo hacia arriba y comenzando a dar vueltas como una bailarina.

         —Ush, eso es raro. —Dijo Nardo para sí. Luego aprovechó que los dos habían bajado la guardia sobre el cajón negro haciendo y diciendo cosas divertidas y sin sentido. Se fue sigiloso a sacar a su hermano.

         Narciso salió del cajón en silencio y volvieron a ponerle el pasador.

         —¿Hay noticias de Cesalpinia y Violeteira? —Preguntó Narciso alegre de ver a su hermano.

         —Nop. —Dijo con preocupación.

         —Debemos ir a ayudarlos. —Dijo Narciso y vio a los matones bailando y hablando tonterías—¿Qué les diste a esos hombres? —Le preguntó subiendo una ceja.

         —El hongo alucinógeno. —Dijo Nardo divertido.

         —¡Eso es! —Exclamó Narciso con renovada esperanza de penetrar la fortaleza que había construido Daisy—. El hongo que pudre la madera. —Le dijo viendo a su hermano.  

         —¿El moho? —Preguntó Nardo sin entender.

         —Por simple que parezca. —Le dijo Narciso y se colocó bajo la caída de agua. Entre los dos comenzaron a hacer crecer una tela verde de moho que iba cubriendo el árbol. Los chicos comenzaron a escalar por el tronco que se deshacía a medida que el moho lo iba atacando de una manera acelerada.

         Los hombres regresaban sin haber encontrado a los chicos, y confiados en que Narciso todavía estaba en la caja, les dijo a los otros que llamaran por el helicóptero, para explotar la copa de los árboles y penetrar en el refugio que había creado Daisy.

         Mientras tanto, Cesalpinia trataba de razonar con ella. Le mandó una enredadera para detenerla y derribarla. En el suelo, Cesalpinia se puso sobre ella para detenerle las manos y que no hiciera contacto con la tierra. Al contacto con sus manos ella sintió las vibras de Cesalpinia y se le quedó viendo.

         —Somos iguales. Ves, somos hermanos. —Le dijo Cesalpinia que también la había sentido. Ella ya no opuso resistencia y se soltó. Cesalpinia la ayudó a levantarse.

         En esos momentos, el árbol atacado por el moho había hecho un pequeño espacio y entraban rodando Nardo y Narciso. Los dos se quedaron viéndola boquiabiertos. Los rayos del sol que penetraban por el pequeño orificio la iluminaban como si fuese una escultura de museo.

         —Ah, ellos son Nardo y Narciso. —Dijo Cesalpinia presentándolos.

         Violeteira, que en esos momentos era soltada por el árbol, caía sin poder detenerse. Nardo reaccionó enviándole un colchón de monte.

         —Pensé que nadie se ocuparía de mí. —Dijo viendo a los tres en estado de contemplación como si Daisy fuese una obra de arte.

         En esos momentos, un fuerte impacto abría un agujero entre los árboles que formaban la fortaleza.

         —¡Huyamos! —Dijo Nardo.

         Violeteira corrió al agujero donde los gemelos habían entrado. Cesalpinia le tomó la mano a Daisy para salir por el agujero, pero ella estaba petrificada por el estruendo. Se había acurrucado y tapado los oídos. Un disparo que lanzaba una red los atrapó y otro atrapó a los gemelos. Solo Violeteira había logrado salir por el agujero. Y vio con horror como le inyectaban algo en la nuca y los dormían.

         A Flora se le había hecho tarde para acudir a ayudar a los chicos, su salud se degradaba cuando un bosque agarraba fuego o lo cortaban para hacer casas, o grandes proyectos como aeropuertos, estadios o fábricas. Los incendios estaban ocurriendo con más frecuencia y ella estaba bien débil para salir. Los doctores que trabajaban de voluntarios en el núcleo la estaban atendiendo para reanimarla.

         Violeteira estaba petrificada, sin su hermano se sentía impotente. Su cabeza no le mandaba buenas ideas, solo estaba en pánico y sola. Una de las enredaderas la abrazó al sentir su tristeza y la subió a uno de los árboles para darle protección. Ella reaccionó.

         —Debo seguirlos—, pensó. Ahora que las malas vibras se habían ido, podía manejar la naturaleza. Vio con horror como el helicóptero subía a los cuatro chicos adormecidos en las redes.

         —No, debo hacer algo. —Se dijo. Tocó uno de los cedros para que una rama agarrara las redes. Se sorprendió de sentir la fuerza que emanaba de su corazón al hacerlo. Comenzó a confiar en sí misma de que podría rescatarlos.

         —Hay alguien más. —Gritó uno de los matones. —Vayan a buscarlo.

         Los cuatro matones armados registraron la fortaleza sin encontrar quien hacía que la naturaleza se opusiera a sus propósitos.

         Violeteira estaba escondida entre el follaje mientras hacía que la rama halara a los chicos y se trajera el helicóptero. Al sentir que iban a estrellarse, el piloto soltó las dos redes con los chicos, y salió de ahí. La rama los depositó suavemente en el suelo.

         El cabecilla de la banda estaba furioso. Comenzó a disparar a todos los árboles alrededor haciéndoles tanto daño, que Violeteira recibió un impacto y casi se cae de donde estaba escondida, pero una rama la agarró y la protegió. Los otros matones lo imitaron, y dispararon a diestra y siniestra, pero Violeteira seguía escondida entre el follaje. Asustada por los disparos, se tocó el hombro, porque le dolía mucho. Vio con horror que sangraba con profusión. Le habían dado en el hombro y al poco rato se desmayó por la pérdida de sangre. El piloto ya no regresó y los matones tuvieron que cargar a cada chico para poder bajar de la montaña con los lazos.

         Habían pasado unas dos horas, cuando Violeteira se levantó desubicada. Las imágenes comenzaron a inundar su mente. Ya nadie estaba en el lugar. Vio su mochila tirada en el suelo y una rama la bajó con cuidado. Comenzó a buscar semillas de plantas curativas y encontró cola de caballo (Equisetum robustum) y la hizo crecer, rápidamente se aplicó a la herida un paño con el tallo machacado que ayudaba a la cicatrización. Luego se lo vendó como pudo. Cuando iba bajando, también la luz del atardecer se iba apagando y sintió miedo. Los ruidos de la noche, como el graznido de aves nocturnas, le erizaban la piel. Llegó al campamento donde habían estado los matones y vio con desesperación que ya lo habían levantado. Ya no tenía esperanzas de alcanzarlo, no sabía cuánto tiempo había pasado.

         —¿Para dónde se fueron? —Preguntó con una voz quebrada, a punto de llorar, cuando un camino hecho de hongos bioluminiscentes se le presentó enfrente.

         Alegre por su descubrimiento, comenzó a seguirlo por aire, porque tenía miedo de los animales salvajes. Iba despacio porque solo podía agarrarse de las lianas con una mano. Después de unas horas de camino y cansada de tanto esfuerzo, divisó a lo lejos una luz. Los matones habían acampado y estaban descansando. Con renovado esfuerzo se fue acercando y vio que dos matones estaban custodiando las cajas negras.

         Violeteira vio que su pulsera dio señales de vida y se dispuso a enviar un mensaje a los gemelos Patel. Ya que eso significaba que estaban cerca de alguna población y ya en la ciudad le iba a ser difícil rescatarlos. Los Patel se pusieron en contacto con una organización de amigos del Amazonas. Después de un buen rato, Violeteira recibió la mala noticia de que no pudieron conseguir voluntarios para rescatar a los chicos, porque el riesgo era bien grande. El hecho de enfrentarse a matones armados no era para los voluntarios algo habitual. Por otro lado, la policía que patrullaba los parques había sido comprada por los matones, de otro modo no hubieran podido introducir armas, ni entrar en la selva.

         Violeteira había sido informada de que no contaría con ayuda, a menos que Flora apareciera y por el momento ella estaba recuperándose. Ella cerró los ojos para concentrarse en un plan. Subió a un árbol para ver mejor el panorama. Había cuatro cajones negros y dos sujetos sentados en dos de ellos. Estaban fumando y prestando atención a cualquier ruido. Repartidos en las tiendas de campaña estaban los otros seis. Violeteira hizo que dos enredaderas los picaran como si fuesen serpientes. Los sujetos se asustaron y comenzaron a chillar y despertar a los demás, diciéndoles que habían sido mordidos por serpientes. Al escándalo, Violeteira bajó con una rama para abrir el primer cajón. Saltó Daisy del cajón y comenzó a correr para perderse en la selva.

         —Hey espera. —Le gritó Violeteira indignada.

         Uno de los matones vio que se escapaba Daisy. Ordenó que iluminaran todo el lugar y la buscaran. Los seis matones comenzaron a correr detrás de las chicas.

         Violeteira se fue corriendo detrás de ella también. Se perdieron de los matones cuando Violeteira les envió pista falsa, haciendo que la maleza se moviera en otra dirección como si hubieran pasado por ahí.

         —Daisy. —La llamó en voz baja— Sé que estas allí —le dijo viendo un arbusto donde estaba mimetizada— Tienes que ayudarme a rescatar a los demás.

         —Ustedes los trajeron. —Le dijo enojada.

         —No, los encontramos en el camino. Eres noticia, en todos lados está el video de cuando despachaste con la rama de un cedro al sujeto que quería penetrar tu fortaleza. Supimos entonces que eras de los nuestros y nos comprometimos con Flora para rescatarte antes que esos matones. —Le contó Violeteira.

         —¿Flora? —Preguntó acordándose que se le había aparecido en varias ocasiones; ella pensaba que eran alucinaciones y no le daba importancia. La razón era que, en varias ocasiones, y antes que la dejara su padre abandonada en la selva, los familiares de su padre le habían dicho que ella presentaba síntomas de locura.

         —Supongo que la conoces. —Dijo Violeteira con suspicacia.

         Daisy no contestó.

         Comenzaba a amanecer y sería más difícil el rescate porque estarían expuestas.

         —Bien, si no quieres ayudarme, entonces espérame aquí. Iré a rescatar a mi hermano y mis amigos. —Le dijo Violeteira volviendo a sentirse débil por la pérdida de sangre y sosteniéndose del árbol cercano a ella. La herida se le había abierto de nuevo.

         —¿Estás herida? —Le preguntó Daisy saliendo del arbusto donde se había mimetizado y viendo la venda sangrada.

         —Sí, una de las balas me pasó rozando el hombro. —Le dijo tocándosela y sintiendo mojado por la sangre que brotaba sin parar.

         Daisy tocó la tierra y comenzó a crecer un arbusto. Cortó las primeras hojas y le cambió la venda por otra con achiote, una planta medicinal que la utilizaban los nativos del Amazonas para las infecciones y las heridas.

         —Gracias. —Le dijo sintiendo el alivio de inmediato.

         Violeteira se acercó nuevamente al campamento para analizar sus opciones. Estaban levantando las tiendas mientras esperaban a los otros que habían salido tras ellas. Los tres chicos habían despertado y trataban en vano de abrir las cajas.

         Los tres matones regresaban y ayudaban a cargar las cajas, mientras los otros llevaban los demás bultos. Violeteira vio la oportunidad de rescatarlos por aire con las lianas. Se adelantó al camino para emboscarlos más adelante. Se concentró en tres lianas para que agarraran las cajas y las subieran.

         Los matones que las llevaban se quedaron desconcertados. El plan dio resultado y las lianas subieron las cajas hasta donde estaba Violeteira. Los hombres alumbraron donde estaba subida y apuntaron con sus armas. Había sido descubierta.

         —Bien señorita, bájelos ahora o le disparamos a tus amigos. —Dijo el cabecilla apuntando a una de las cajas.

         En esos momentos, una fuerza invisible envió a los matones fuera del lugar. Luego las enredaderas los hicieron viajar a través de la selva para perderlos por diferentes direcciones. Violeteira pensó que había llegado Flora al rescate, pero vio con sorpresa que fue Daisy.

         —¡Guau, Daisy, eso fue asombroso! —Le dijo Violeteira admirándola.

         Sacaron a los chicos un poco desubicados por la droga, pero contentos de verlas. Cesalpinia abrazó a su hermana con alegría de que estuviera a salvo y se preocupó de la herida. Daisy solo los veía. Sentía algo que nunca había experimentado en su vida. Era atractivo para ella el cariño que se profesaban los cuatro. Ya que también Nardo y Narciso se abrazaban con alegría.

         —Ella me la curó con achiote. —Le dijo Violeteira con alegría.

         —Gracias Daisy. —Le reconoció Cesalpinia dándole la mano.

         —Sí, gracias por ayudar a salvarnos. —Le dijeron los gemelos dándole la mano también.

         Ella solo los vio y vio las manos extendidas. Despacio extendió la mano también. Sintió las buenas vibras de los tres chicos, la sinceridad y el cariño, algo que ella nunca había sentido en su vida.

         —Bueno, regresemos entonces. —Dijo Violeteira.

         —No he dicho que iré con ustedes. —Dijo Daisy quedándose atrás.

         —Ah no Daisy, ¡No arriesgué el pellejo por nada! —Le dijo bruscamente Violeteira. Cesalpinia le hizo señas de que se callara y se regresó para platicar con ella.

         —No tienes opción Daisy. —Le dijo Cesalpinia. —Ya viste lo que esos hombres pueden hacer. Vendrán otros y otros. Esto no terminará. Además, no estás aquí solo para defenderte, sino que tu vida tiene otro propósito. El más hermoso de todos. —Le dijo Cesalpinia.

         —¿Cuál? —Preguntó sin entender de que le estaba hablando, pero oírlo hablar era como un estimulante y le gustaba su voz.

         Él se le acercó.

         —¿Quieres que toda esta inmensa selva se pierda? —Le dijo viéndola a los ojos.

         —¡No! —gritó con angustia.

         —Bien, porque tú con tu fuerza y tus dones ayudarás a que eso no pase, porque todo esto está en riesgo de perderse.

         —¡No! —Dijo con horror de imaginárselo y lo abrazó instintivamente para sentir su protección.

         Cesalpinia fue tomado por sorpresa por ese efusivo abrazo. Los gemelos le hacían señas de que la abrazara también.

         —Bien, ahora tenemos que regresar porque hemos perdido tiempo. En el camino te contaremos todo acerca de la escuela y los otros chicos del grupo. —Le dijo separándola.

         Oyeron a lo lejos que los matones estaban disparando, como para ubicarse de nuevo y volver a reorganizarse.

         —Vamos por este lado. Alejémonos de ellos. —Dijo Nardo.

         Cesalpinia ayudaba a su hermana a viajar por las lianas para ir más rápido, porque su brazo aun le dolía. Daisy era una experta en viajar por lianas, según habían observado los gemelos. Cuando se detenían para tomar agua y comer, Cesalpinia y Violeteira le explicaban a Daisy sobre la escuela. Los gemelos solo observaban y sonreían porque no sabían portugués.

         La selva era como un supermercado, encontraban frutas frescas para comer y darse energía para continuar. Daisy les mostraba las frutas que se podían comer. Les contó cómo vivió un tiempo con los indígenas del lugar y aprendió mucho sobre las plantas medicinales, y como tuvo que huir de ahí cuando alguien descubrió que podía hacer cosas que nadie más podía y se la querían llevar. Torturaron a los de la tribu para que dijeran donde se había escondido Daisy y todo terminó en tragedia. Ella tenía diez años. Desde entonces decidió vivir sola.

         —Es impresionante cómo pudiste vivir sola en la selva. —Le admiró Cesalpinia.

         Daisy le sonrió. Por primera vez la vieron que sonreía y volvieron a quedarse boquiabiertos por la expresión de dulzura que tenía al hacerlo.

         —Es una belleza. —Exclamó Nardo suspirando.

         —Gracias. —Le contestó Daisy en inglés.

         —Espera, ¿sabes hablar inglés? —Le preguntó Nardo.

         —Un poco. Un misionero americano que llegó a la aldea me lo enseñó. —Les contó con marcado acento.

         Violeteira le dijo que debía cambiarse con ropa apropiada porque pronto llegarían a la ciudad y Daisy asintió. Sacó de su mochila una mudada extra que llevaba y se la dio. Comenzó a cambiarse a la vista de todos. Los chicos no hallaban para donde ver.

         —No delante de ellos. —Le dijo Violeteira llevándola detrás de arbustos. No entendiendo porque, Daisy solo la seguía. Entendía que había cosas que debía aprender del mundo que había olvidado y dejado atrás. Ella apenas recordaba sus años que vivió con su padre y que se cambiaban de casa seguido. Las costumbres de las personas de ciudad se le habían borrado de su mente por la furia que sentía de haber sido abandonada, sin mayores explicaciones. Solo recordaba que llamaba a su padre llorando por toda la selva y pidiéndole perdón por algo que no entendía que había hecho mal, y prometiéndole que no lo volvería a hacer. Después de años llorándolo, decidió borrar el pasado y vivir recluida en su fortaleza.

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    DESCRIPCION DEL LIBRO

 

Los chicos con la marca de la hoja deberán enfrentar un reto grande, no solo reforestar las partes mas agrestes de Africa, sino tambien llevar a cabo un rescate que no estaba en los planes.

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